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Un mensaje a García

Sí, a mí también me lo dieron, hace ya muchos años. Fue el director del departamento de Recursos Humanos de una empresa española a la que acababa de incorporarme. Tras firmar el contrato en su despacho, me entregó el manual de bienvenida y, seguidamente, abrió uno de los cajones de su escritorio. De allí sacó varios folios fotocopiados, grapados en una esquina, y me los tendió diciendo simplemente: «Toma, léete esto cuando tengas un rato».


Salí de su despacho con la copia del contrato en una mano, y en la otra con esos papeles que llevaban un título enigmático: Un mensaje a García. Hasta ese momento, nunca había oído hablar de él.


Para quienes no sepan a qué me refiero, diré que se trata de un breve relato, apenas una decena de páginas, escrito en 1899 por Elbert Hubbard, en el contexto de la guerra hispano-estadounidense. La historia es sencilla.


En ella, el presidente de los Estados Unidos, William McKinley, necesita hacer llegar un mensaje urgente al líder insurgente cubano Calixto García, cuyo paradero no se conocía. La misión recae en el teniente Andrew Rowan. No hay deliberaciones, no hay excusas, no hay preguntas innecesarias. Rowan acepta el encargo con una determinación silenciosa, sin exigir explicaciones ni instrucciones detalladas sobre cómo habrá de encontrar a un hombre que se oculta en lo más profundo de la selva cubana.


Y, pese a todas las dificultades, consiguió entregar el mensaje.


Con el tiempo, el relato trascendió su anécdota histórica para convertirse en algo más que un ensayo sobre la obediencia y el amor al deber: pasó a ser un elogio de la iniciativa personal, del sentido del deber asumido sin aspavientos y de una ética del trabajo basada en la responsabilidad individual y la acción decidida. Se trata de un mensaje moral sobre cómo actuar ante una responsabilidad. El relato fue muy utilizado en los ámbitos empresariales de muchas organizaciones para incentivar al trabajador en su desempeño y para promover una disciplina empresarial. Y aún hoy en día se cita en cursos de liderazgo y cultura organizativa.

 

No obstante, conviene no perder de vista el contexto histórico en el que fue escrito Un mensaje a García.


Cuando comencé a leerlo, tuve la impresión de que entre sus líneas se deslizaba algo más que una simple exaltación del deber. Aunque la historia en sí me resultó sugerente, no pude decir lo mismo del propósito que parecía sostenerla cuando es aplicada al ámbito empresarial. El relato parecía desprender un sospechoso aroma a propaganda, una defensa de un modelo de trabajador ideal: disciplinado, resolutivo, obediente y sin fisuras.


Todo indicaba que se había producido un proceso de apropiación simbólica de una idea mediante la cual la compañía reinterpretaba un relato ajeno a su identidad para integrarlo en su cultura corporativa, subordinando su sentido originario a una función instrumental orientada al rendimiento y a la disciplina.

 

Debo decir que siempre desconfié de los mensajes que operan en un segundo plano, de esas pedagogías silenciosas que, bajo la apariencia de una fábula edificante, orientan la conducta sin declararlo abiertamente. En este caso, sentí que lo que se esperaba de mí era emular a ese trabajador que actúa con diligencia, autonomía y lealtad absolutas, incluso sin llegar a cuestionar el encargo recibido.


Y ahí surgía el conflicto. Porque esa expectativa chocaba frontalmente con mi inclinación natural hacia la duda —véase el post La ironía de la duda- Para mí, dudar y preguntar no es deslealtad; es responsabilidad. No es desobediencia; es conciencia.


Como norma general —y con mayor motivo en estos tiempos de sobreabundancia informativa en multitud de canales— considero imprescindible afrontar los hechos y las situaciones cotidianas desde una actitud verdaderamente reflexiva y analítica. No basta con quedarse en la superficie; es necesario ejercer un pensamiento consciente, informado y responsable frente a todo aquello que leemos, escuchamos o nos comunican. Aceptar sin cuestionar no solo empobrece nuestro juicio, sino que también nos convierte, como sociedad, en receptores pasivos de ideas que quizá hayan sido elaboradas para persuadirnos más que para informarnos. Cuidado con esos tipos de mensajes, son peligrosos, porque pueden ocultar una forma sutil de enmascaramiento y provocación.


Pensar críticamente implica contrastar información, situarla en su contexto apropiado y reflexionar con detenimiento antes de aceptar como verdad aquello que se nos presenta, ya sea como solución a ciertos problemas o planteado como la única salida posible a una situación determinada.


Independientemente del indudable valor simbólico que tiene, no podemos desligar Un mensaje a García de su contexto histórico y cultural para transformarlo, sin más, en un alegato inspiracional aplicable a cualquier entorno organizativo contemporáneo y convertirlo en una consigna empresarial. La reflexión crítica nos invita, precisamente, a evitar esas adaptaciones: a reconocer el valor simbólico que pueda tener una obra, pero también a examinar las circunstancias que la originaron y las interpretaciones interesadas que hayan podido surgir con el tiempo.





Un mensaje a García

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