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La ironía de la duda

En el ámbito específico de la ingeniería, la duda suele acompañar al ingeniero a lo largo de toda su trayectoria profesional. Esta afirmación la he vivido muchas veces, tanto en mí personalmente como en multitud de colegas con los que he compartido horas de trabajo en cientos de estudios y proyectos de ingeniería. Puede decirse que, al iniciar mi trayectoria, no estaba seguro de casi nada. En un principio atribuía esa inseguridad a mi propio carácter, pues la incertidumbre siempre me había acompañado. Sin embargo, con el paso del tiempo, comprendí con mayor claridad el verdadero sentido de la ironía que encierra la duda.


Muchos años antes de convertirme en ingeniero, cuando aún era un muchacho, la duda solía revolotear sobre casi todas las decisiones que intentaba tomar. En la pandilla de amigos que tenía, sin duda me consideraban uno de los más reflexivos. Supongo que en todo grupo siempre hay alguien con un carácter más expeditivo, que va directamente al grano sin detenerse a considerar otras alternativas. Ese, desde luego, no era mi caso.


A menudo trataba de sopesar casi todo lo que se me presentaba, tomándome el tiempo necesario para evaluar los pros y los contras de cada decisión. No era para mí una tarea fácil. Incluso en las decisiones más simples, la sombra de la duda surgía inevitablemente.  Antes de dictaminar, debía de estar absolutamente convencido de que la elección era la más adecuada. Esto evidentemente no era garantía de éxito, pero si no lo hacía así, la decisión equivocada se convertía finalmente en un lastre que pesaba aún más en mi estado de ánimo.


Siempre sentí admiración por esas personas que, en segundos, decidían tal o cual cosa sin pestañear. Pero debo confesar que también me generaban cierta desconfianza, y la experiencia así me lo ha demostrado.


Quizá mi mente esté configurada para operar de un modo más racional que intuitivo, menos ligera y espontánea. Debo admitir, sin embargo, que en algunas ocasiones apareció el destello inesperado de la intuición y, al abandonarme a él, logré alcanzar aquello que me proponía, aunque, desde luego, no fue lo habitual.


Nunca me sentí cómodo en situaciones en las que imperase la prisa, la improvisación o el desorden. Cada uno es como es. Yo siempre precisé de una reflexión previa antes de acometer algo, y esta manera de entender la vida y de actuar, sigue aún conmigo.


Pienso que la duda debe de ir ligada inevitablemente a la ingeniería, como esas estrellas binarias que dependen una de la otra y giran atraídas por una masa gravitacional común.


No debemos de tener miedo a dudar. Como decía Albert Einstein “lo importante es no dejar de hacerse preguntas”. La duda no es signo de debilidad, de incompetencia o de falta de recursos. Justamente es todo lo contrario. Cuando dudamos, se abren múltiples posibilidades: surgen nuevas respuestas y otras vías de investigación y de pensamiento que, de no existir esa duda, quizá nunca habrían aparecido.


La duda, que en un principio puede parecer una señal de debilidad o inseguridad, acaba convirtiéndose en una herramienta fundamental para fortalecer el conocimiento y orientar mejor la toma de decisiones.


Como afirmó Richard Feynman, célebre físico estadounidense y Premio Nobel de Física por su trabajo en electrodinámica cuántica, “la precisión aparece allí donde existe la duda”. Esa es la ironía de la duda, pues constituye precisamente la base del pensamiento crítico: la incertidumbre que genera nos impulsa a cuestionar, a reflexionar y, en última instancia, a ser más precisos.




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